ORALIDAD Y LENGUAJE RADIOFÓNICO
Oscar Enrique Bosetti
Facultad de Ciencias de la Educación
Universidad Nacional de Entre Ríos
obosetti@rec.uba.ar
I
La Radio participa de nuestra infancia, de nuestra adolescencia, también de nuestra juventud. Cuántos de nosotros crecimos oyendo los goles auriazules relatados por Bernardino Veiga, o la palabra sonora del “Peruano Parlanchín” Hugo Guerrero Marthineitz , o los cuadros costumbristas de “Calle Corrientes”, o las idas y venidas de Blanquita Santos y Héctor Maselli protagonistas de “¡Qué Pareja!”, o las medianoches entrañables de “Generación Espontánea”, o las voces sexuadas de Nucha Amengual y Nora Perlé, o “El Modart en la Noche” conducido “por vuestro amigo” Pedro Aníbal Mansilla, o las mañana dinámicas del “Fontana Show”, o las misteriosas frases de “El Amigo Invisible”, o las inquietantes noticias leídas por el inconfudible Ariel Delgado o, en fin, y para no extender más esta lista reconstruida desde la memoria y el afecto, cuántos de nosotros crecimos dialogando secretamente con personajes llamados Antonio Carrizo, Oscar Casco, Enrique Alejandro Manccini, Beba Vignola, Héctor Larrea, Luis Sandrini y su máscara “Felipe”, Edgardo Suárez, Faustino García, “Paloma” Efrom la querida Blackie, Alberto Hugo Cando o Ricardo Jurado.
Cuántos de nosotros nacimos y crecimos, como en el film de Woody Allen “Días de Radio” imaginando mundos, soñando aventuras, acompañando solidariamente a nuestros héroes, junto a la Spica, o a la Noblex Siete Mares o al Phillips de nuestros padres.
Me parece importante resaltar este punto no sólo como un dato histórico sino como una característica peculiar del lenguaje radiofónico. La palabra tiene la virtud de remitirnos a lo epopéyico, a los cantos heroicos, a las antiguas leyendas, a las vetustas tradiciones. La oralidad nos emparenta vivamente, entonces, con nuestros orígenes. Digámoslo de una vez: la palabra oral es fundante.
Quizás por entroncarse con lo testimonial, lo oral inmediatamente nos remite a lo más vívido, a “lo más cercano al mundo vital”. Y, aunque tal característica la estoy asociando a la radio, sé que cubre otros aspectos de nuestra memoria: los trabalenguas y las adivinanzas, los dichos y los decires, las rondas y los cantos infantiles. Todo recuerdo es también una música y un ritmo:
Chofer, chofer...
Apure este motor
Que en esta cafetera
Nos morimos de calor.
Chofer, chofer...
La oralidad, hay que repetirlo, es fundacional. A lo mejor por ser ella misma el primer contacto con el mundo, con el entorno; por ser la manera como aprehendemos e incorporamos un mundo. La palabra oral dice de nosotros la forma como instauramos un génesis. Por lo mismo, la Radio es una perpetua creación. Cada emisión es nueva, es reciente.
II
La oralidad tan cercana al habla exterioriza nuestros sentimientos y pasiones. Expresa una fuerza, una pulsión. Algunos llegan a afirmar que la oralidad es básicamente subconsciente, contraria a la escritura que requiere de una lógica, de un ordenamiento. Esta es otra característica del lenguaje radiofónico que me interesa resaltar. La oralidad tiene que ver con nuestra intimidad. Es más: con nuestra corporeidad. Es física. Es una pragmática. Walter Ong en su libro “Oralidad y Escritura” repite esa idea: la oralidad es agonística. Llena de insultos, de alabanzas; repleta de choques, oposiciones, contrastes, polémicas, debates. Hay toda una adjetivación de guerra que permea la superficie del lenguaje radiofónico. Ong también menciona ese sesgo empático y participante que posee la oralidad. La Radio nos toca, nos afecta. Hay aquí (como en ningún otro medio de masas) una zona de poder importante, muy bien usada por la Religión, la Educación y la Política.
Como consecuencia de esa cercanía con el cuerpo, la oralidad es situacional. En esa medida el lenguaje oral asume el ropaje propio del habla particular. O, si se prefiere: de las diversas hablas de un territorio. Los públicos son otra forma de entender las hablas. Ahora recuerdo a un periodista de trayectoria en el periodismo deportivo que, contestando a la pregunta sobre ese parloteo sin sentido de ciertos programas de Radio, me decía: “De eso se trata, no de llegar a una conclusión sino, más bien, de que se escuchen las distintas hablas del país”. Oírlas. Oirnos.
Y oirnos mucho, en demasía. La oralidad es acumulativa, es totalizante, repite fórmulas. Redundante y copiosa. Rápida. La oralidad discurre. Y “discurrir” (nos lo advirtió Ítalo Calvino) es como “correr”. Velocidad, fugacidad, instantaneidad. Creo que en este punto el lenguaje de la Radio toca límites de una fenomenología. El tiempo de la Radio: el instante. O si se me presta una expresión de Gastón Bachelard refiriéndose al filósofo Roupnel, la verticalidad del instante enfrentada a la horizontalidad del tiempo histórico. Diacronía y sincronía. El instante como síntesis armónica de los contrarios. La Radio como puro devenir.
Otro rasgo. El lenguaje oral (y utilizo aquí el exquisito trabajo de Paul Zumthor, un medievalista y profesor de la Universidad de Montreal) puede entenderse como perfomance; es decir: como “una acción compleja por lo que un mensaje simultáneamente transitorio es percibido aquí y ahora”. Zumthor estudia la poesía oral y puedo asegurarles que son varios los puntos en común entre una poética de la Radio y una poética de la oralidad: “Primacía del ritmo, subordinación de la oratoria a lo respiratorio, de la representación a la acción, del concepto a la actitud, del movimiento de la idea al cuerpo”. El lenguaje oral, el lenguaje de la Radio que se ofrece siempre a una audición pública, es siempre muy distinto a la escritura que está hecha para la percepción solitaria; el lenguaje oral, el lenguaje de la Radio se comprende a medida que se va desarrollando... Por eso es flexible, maleable, nómade y, sin embargo, totalizante.
III
El lenguaje de la Radio, el fenómeno radiofónico está repleto de Ensoñación. Y de imaginación desbordante. Siendo un receptor ciego, el escucha de radio compensa tal situación con los mil ojos de la fantasía.
Me parece que también acá hay un espacio interesante para desarrollar ampliamente. El lenguaje radiofónico y su gramática fantástica, su sintaxis fantasiosa. Qué gran ayuda nos daría al respecto Todorov: “Los fenómenos extraños pueden ser explicados de dos maneras, por tipos de causas naturales y sobrenaturales: la posibilidad de vacilar entre ambos crea el efecto fantástico”. Claro, cuando no tenemos la certeza de lo visto estamos abocados a la audición ambigua. El oído es frágil y por eso tal cantidad de impresiones extrañas que recibe. De allí la mirada que quiere confrontar al sonido. Oimos y queremos mirar para confirmar la ambigüedad de lo escuchado. Entre lo maravilloso y lo extraño anida lo fantástico.
Pero he mencionado la ensoñación, que es una manera de soñar con los ojos abiertos. Y no puedo evitar de señalar los trabajos de Bachelard. Hay un artículo que precisamente se llama asi: “El ensueño y la radio”. En él, Bachelard cuenta la posibilidad de la Radio para transmitir arquetipos. Tal cuestionamiento nos invita de nuevo a pensar en las relaciones profundas entre oralidad y psiquis. Nos ensoñamos oyendo la radio porque la imaginación siempre será más rica que aquello que vemos. Hölderlin dijo algo similar: “El hombre es un dios cuando se entrega a los sueños y un pobre ser cuando se pone a reflexionar”. Nos ensoñamos porque la Radio nos da posibilidad de crear o construir nuestros propios mundos privados. Imaginar es un acto privado, inalienable. Nos ensoñamos porque desconfiamos de “la función de lo real”.
El lenguaje radiofónico, como la música, “no se lo puede tocar con la mano ni se lo puede ver; yace, por lo tanto, en la imaginación y en la memoria”. Sabemos, con Eduardo Nicol, que “todo logos contiene musiké, el sonido”. A propósito, cuánto nos ayudaría una filosofía de la música para entender mejor ciertos valores del lenguaje radiofónico. Un texto, el de Lewis Rowell, nos daría un apoyo importante. Podríamos inferir, por ejemplo, cuáles son esos valores tonales, texturales, dinámicos, temporales y estructurales propios de la Radio como fenómeno, como cosa percibida. Cómo entender o cómo se relaciona la Radio y el silencio, la Radio y los ritmos, la Radio y las tensiones. Suavidad y aspereza, delgadez y densidad, economía y saturación... Color, timbre, orientación, movimiento... Cuánta riqueza por explorar y cuántos elementos de evaluación, de juicio, apropiables para la Radio. Un terreno que nos comunica de inmediato, con una estética radiofónica. ¿Recuerdan a Arnheim?
IV
Podríamos detenernos en otros elementos del lenguaje radiofónico: los efectos, las cortinas musicales, la entonación y la impostación, o esos otros recursos o trucos técnicos como la disolvencia o la resonancia...
Los efectos tendríamos que remitirlos a un campo mayor: la idea de afectación, de impresionar al oyente. Y a otro espacio más hermoso aún: el efecto como un dispositivo para lograr un ambiente de verosimilitud. De hacer creíble lo increíble o lo imposible. El efecto no es sólo un relleno, es un conjunto de estrategias comunicativas que, al menos en el cine, ha cobrado su justa valía. El efecto es un recurso de la composición radiofónica.
Las cortinas musicales o el papel de la música como separador o como lugar de ilación merecería un amplio y necesario análisis. Cortina, lo que cubre o lo que esconde; lo que separa o lo que une. De nuevo, formas o estrategias de construcción. De ambientación verosímil. Valdría la pena volver a leer la poética de Aristóteles, desde esta perspectiva. La melopeya –decía Aristóteles- es un medio de imitación, una parte cualitativa de la obra, un aderezo. Espectáculo y melopeya. Otro lugar de encuentro: Música y seducción.
La entonación y la impostación, asociadas a la voz, me llaman la atención como otra forma de efecto sonoro, como otra estrategia de seducción. Juegos con el receptor, aspectos lúdicos de la Radio. Cambiar la voz; asumir varias voces; representar... Radio y juego.
Y de los trucos técnicos resaltaría la disolvencia y la resonancia no porque sean los únicos, sino porque nos advierten de la materia prima con la cual trabajamos el sonido: Es decir, el tiempo. Disolvencia y fugacidad, resonancia y memoria. Disolver, resonar: maneras de enfrentar el tiempo. Maneras de entender la duración. Yo aprovecharía estos trucos para aproximarme a esa masa inasible, a ese a priori que es el tiempo. Cómo asirlo, cómo retenerlo. Preguntas. Las ondas no se propagan en el vacío. La Radio, el lenguaje radiofónico nos lleva a T. S. Eliot y sus preguntas por el tiempo:
Las palabras se mueven, la música se mueve
Sólo en el tiempo; pero lo que está sólo vivo
Sólo puede morir. Las palabras, después del habla, tienden
Al silencio. Sólo por la forma, la estructura,
Pueden las palabras o la música alcanzar
La calma, como un jarrón chino sigue
Moviéndose perpetuamente en su calma.
Bibliografía
Bachelard, Gastón: “El ensueño y la radio”, en “El Derecho a Soñar”, 1985, Fondo de Cultura Económica, México.
Calvino, Italo: “Seis propuestas para el próximo milenio”,1989, Ediciones Siruela, Madrid.
Todorov, Tzvetan: “Introducción a la literatura fantástica”, 1982, Ediciones Buenos Aires, Madrid.
Hölderlin, Friedrich: “Hiperion”, 1976, Ediciones Marymar, Buenos Aires.
Zumthor, Paul: “Introducción a la poesía oral”, 1991, Ediciones Taurus, Madrid.
Rowell, Lewis: “Introducción a la filosofía de la música. Antecedentes históricos y problemas estéticos”, 1985, Editorial Gedisa, Buenos Aires.
Ong, Walter: “Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra”, 1987, Fondo de Cultura Económica, México.
Nicol, Eduardo: “El origen sonoro del nombre”, en Revista de la Universidad de México, N° 29, setiembre de 1983, México.