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Juan Nóbile: “Nuestra tarea es humanitaria: devolver la identidad a los restos para que las familias puedan hacer el duelo”

El Equipo Argentino de Antropología Forense nació en 1984 como una necesidad vital de justicia, verdad y restitución que dejó la última dictadura en nuestro país | Juan Carlos Nóbile y Leonardo Obando, dos de sus integrantes, llegaron a Entre Ríos en el marco de las excavaciones ordenadas por el juez Acosta para seguir con la investigación de la desaparición de la familia Gill, ocurrida en enero del 2002 | Ayer visitaron la FCEDU y encabezaron un conversatorio donde retomaron la historia del equipo y el aporte de su trabajo en investigaciones de violación a los derechos humanos en todo el mundo 

Cuenta que había llamado a ese teléfono a lo largo de los últimos veinte años con la regularidad arbitraria del impulso de buscar un desaparecido, en su caso, los rastros de su mamá. Patricia Bernardi la había atendido siempre con la misma paciencia. Pero cuando vio la llamada perdida de Antropólogos, no reconoció el número: nunca la habían llamado a ella. Nunca, hasta ese día, una tarde de fines de septiembre en la que Marta Taboada apareció: “Ahí empecé a enterrar a mi madre y a sus sueños rojos. A la fugaz estrella de su vida y a la omnipresente estela de su ausencia”, escribió Marta Dillon en Aparecida.

Antropólogos es el Equipo Argentino de Antropología Forense, una organización científica, no gubernamental y sin fines de lucro, con reconocimiento mundial y 35 años de trabajo. Desde su inicio con cinco integrantes, hasta hoy con más de setenta profesionales, el EAAF realiza investigaciones científicas para lograr acercarse todo lo posible a la verdad. Su tarea es restituir la identidad a víctimas de violencia institucional o de asesinatos masivos –sea cual fuere el motivo–, que fueron enterradas de forma ilegal, muchas veces en fosas comunes o clandestinas. De este modo, aporta pruebas a la justicia y colabora en llevar certeza a los familiares, “para que puedan realizar el duelo y rendir homenaje a sus muertos de la manera que sus creencias lo indiquen”: ésa es “la razón de ser de este equipo”, dice el video de presentación con que empieza la charla de este miércoles 21 de agosto en el Auditorio “Rodolfo Walsh” de la FCEDU.

Organizó la visita la Facultad de Ciencias de la Educación junto a la Subsecretaría de Derechos Humanos de Entre Ríos, con el apoyo del Centro de Estudiantes y de la Agrupación HIJOS Paraná. Gustavo Hennekens, como parte de la organización, presenta a los invitados, el antropólogo Juan Nóbile y el arqueólogo Leonardo Obando. Casi todo está dicho, así que decide ser breve, certero: “pertenezco a la comunidad de ex detenidos políticos en Argentina y me siento muy emocionado de tenerlos acá”.

También estuvieron presentes la Coordinadora de Asuntos Estudiantiles, Gabriela Álvarez y la Coordinadora de Comunicación Social, Aixa Boeykens. 

 

Nuestra historia en los huesos

“¿La encontraron? ¿Qué habían encontrado de ella? ¿Para qué quería yo sus huesos? Porque yo los quería. Quería su cuerpo. De huesos empecé a hablar más tarde, frente a la evidencia de unos cuantos palos secos y amarillos iguales a los de cualquiera. Iguales a esos que enhebran con alambre y los alumnos manipulan como utilería en un aula de biología. Esquirlas de una vida. Destello marfil que desnudan las aves de carroña a campo abierto. Ahí donde se llega cuando se va a fondo, hasta el hueso. Lo que queda cuando todo lo que en el cuerpo sigue acompañando al tiempo se ha detenido, la hinchazón de los gases, el goteo de los fluidos, el banquete de la fauna cadavérica, el ir y venir de los últimos insectos. Después, los huesos. Chasquido de huesos, bolsa de huesos, huesos descarnados sin nada que sostener, ni un dolor que albergar. Como si me debieran un abrazo. Como si fueran míos. Los había buscado, los había esperado. Los quería”.

Marta Dillon, Aparecida

Dos objetivos son fundantes y fundamentales para el Equipo Argentino de Antropología Forense: por un lado, la labor humanitaria. “En todas las culturas del mundo hay una relación con la muerte y ante la muerte se necesita hacer un duelo. Si no tenemos esa posibilidad, esa muerte no se puede elaborar y quedan siempre latentes esas mil preguntas que se pueden hacer sobre las personas desaparecidas”, dice Juan Cruz Nóbile. Darle un nombre y apellido a los restos y devolvérselos a sus familiares para que puedan elaborar el duelo. “La desaparición –sigue Nóbile– es el peor de los delitos, porque para todos los familiares de personas desaparecidas queda un paréntesis en su vida que solamente puede cerrar saber qué pasó con esa persona”.

La otra labor, el otro fundamento, es la justicia: “Básicamente trabajamos con víctimas de terrorismo de estado, de violencia política. Ante todas esas problemáticas la memoria entra en un campo de debate, de disputa permanente para tratar de explicar qué es lo que pasó. Cuando muchos represores son acusados por delitos de lesa humanidad argumentan que en realidad fueron combates, enfrentamientos, excesos. Nosotros tratamos de demostrar científicamente, a través de la bioantropología, que no fueron enfrentamientos, que fueron ejecuciones y que no fueron hechos aislados sino planes sistemáticos de acción”.

Surgieron en el año 1984 a pedido de Madres de Plaza de Mayo. En ese momento, un grupo de ellas se acercó a distintas universidades, preguntando si en Argentina se había desarrollado algún método mediante el cual desde los restos esqueletales se pudiese identificar a personas. Nóbile cuenta que, a esa altura, todavía muchas universidades tenían enquistados a interventores, o quedaba el lastre de miedo de la dictadura. No hubo respuesta.

Por su parte, en el mundo anglosajón, la antropología forense se desarrolló con impulso desde 1950: habían quedado muchos soldados sin identificar post segunda guerra mundial, sobre todo, en los frentes de Japón y Estados Unidos. Después, los antropólogos fonrenses también trabajarían identificando restos de la guerra de Vietnam. Uno de los más destacados se llamaba Clyde Snow. Las madres ya convertidas en Abuelas de Plaza de Mayo, buscando a sus nietos y nietas, lo contactaron y viajaron a Estados Unidos. Luego, él vino a la Argentina y planteó la necesidad de hacer un trabajo sistemático de identificación de personas.

“A partir de ahí, Clyde Snow –quien se convirtió en el fundador del EAAF– establece los criterios de trabajo: primero, partir de la hipótesis de que la represión había sido un plan sistemático. Segundo, establecer métodos de la antropología y empezar a sistematizar todos los datos con entrevistas a familiares de personas desaparecidas, para tener un buen campo de información que después permitiera asociar eso con los restos esqueletales que se fueran encontrando. Después, establecer cuál fue la sistemática que utilizaron para la desaparición: espacios y acciones concretas para tratar de guiarnos en la búsqueda. Si no entendíamos eso, hubiera sido imposible buscar en cualquier lado. Y el tercer punto era hacer las excavaciones con criterios arqueológicos. Eso porque en 1984 se habían hecho exhumaciones masivas por parte de personal de bomberos y policía, que juntaron y rompieron todo, intentando mostrar que no se podía hacer nada con eso”, detalla el antropólogo.

Desde los huesos se puede determinar y/o estimar el sexo, la estatura, la edad a la que murió la persona, las heridas perimortem, las patologías o fracturas que haya tenido en vida, los partos. “Entre 1984 y 2005, las identificaciones fueron por registro antropológico y antropométrico, o sea, si los esqueletos coincidían con los datos brindados por los familiares –sigue Nóbile–. A partir del año 2005 se empieza a implementar la etapa genética y se abrió una posibilidad para que las identificaciones sean mucho más masivas. En 2008 se implementa la iniciativa latinoamericana para la identificación de personas que consistió en generar un banco de sangre de todos los familiares de personas desaparecidas y todos los restos esqueletales que recuperábamos empezaron a ser comparados masivamente con ese banco genético”. De este modo, en los últimos años se lograron 700 identificaciones, es decir, se triplicó el número de identificaciones previo al método genético.

 

La sistemática del exterminio

“Entre 1974 y 1975 los cuerpos quedaban en la vía pública, porque era una especie de propaganda de la Triple A. A partir de 1976 se implementan en todas las regiones de los cuerpos del ejército los centros clandestinos de detención, que funcionaban tanto en establecimientos oficiales como en lugares alquilados o donados para esos fines. Un 90% de quienes pasaron por un centro clandestino de detención fueron desaparecidas, un 8% fueron pasadas a disposición del Ejecutivo nacional en un estado de legalidad y un 2% fueron liberadas”, sigue contando Juan Nóbile.

La primer práctica de desaparición fue el simulacro de enfrentamiento en la vía pública, donde los jueces disponían que los cuerpos fueran inhumados como NN en cementerios: “Regularmente, todos los años hay ingresos de NN en los cementerios, es una práctica legal. A partir de 1976 teníamos ingresos masivos y todos con la misma planilla: joven con muerte violenta. Esto nos da el primer lugar de búsqueda”. Allí se dedicaron a relevar todos los grandes cementerios del país.

Pero después de 1976 se empezaron a implementar otras prácticas más complejas. Hacia 1978 llegaba el mundial y no quedaba bien mostrar la violencia política diaria. Allí comienzan los vuelos de la muerte y las inhumaciones en los propios centros clandestinos de detención. “Las víctimas de vuelos de la muerte empiezan a aparecer en las costas de Argentina y Uruguay. Esos cuerpos eran ingresados como NN en los cementerios de los lugares más cercanos. De la mayor parte de los cuerpos no vamos a tener la posibilidad de recuperarlos”, reconoce.

En cuanto a las inhumaciones en los centros clandestinos, el EAAF trabajó, por ejemplo, en el pozo de Arana en La Plata, en el batallón de Arsenal y el pozo de Vargas en Tucumán, en puente 12 en La Matanza y en Campo San Pedro en Santa Fe, todos sitios clandestinos de las fuerzas armadas.

Hasta el día de hoy, el Equipo Argentino de Antropología Forense ha logrado recuperar 1300 cuerpos e identificar a 850 personas desaparecidas.

 

Otras búsquedas

El equipo también participó recientemente de la identificación de soldados caídos en Malvinas. De 121 tumbas sin identificar en el cementerio Darwin de la isla, cuyas tumbas llevaban la leyenda “Soldado argentino sólo conocido por Dios”, llevan 117 identificaciones y restitución a las familias

Además, han participado de la búsqueda en desapariciones en democracia, como es el caso de Luciano Arruga o Daniel Solano. “Estas búsquedas también son organizadas bajo el criterio principal de que una desaparición no se puede producir si no hay de alguna manera una estructura oficial que influye en la desaparición de personas. En la mayor parte de casos de desapariciones recientes están involucrados o imputados personales de fuerzas de seguridad, por acción u omisión”, sostiene Nóbile.

El EAAF fue convocado por familiares de las víctimas de Ayotzinapa en México y, como parte de los tribunales internacionales de Derechos Humanos, ha trabajado en todos los países que han tenido violencia política.

En 2018, se suspendieron los fondos que el Ministerio de Justicia de la Nación, a través de la Secretaría de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural, aporta al EAAF como parte un Convenio de Cooperación y Asistencia Financiera entre el equipo y el Estado, que se renueva anualmente desde 2005. La noticia tuvo gran repercusión internacional y, finalmente, esos fondos fueron girados en diciembre. 

Actualmente, lanzaron una campaña de recepción de sangre en pos de hallar coincidencia con los cientos de cuerpos que el EAAF tiene a su resguardo sin identificar.

 

Seguir leyendo: Leila Guerriero, El rastro en los huesos, crónica publicada en Revista Gatopardo

 

Texto: Rocío Fernández Doval
Fecha: 22/8/19

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