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Jorge Larrosa: “En la educación está en juego el mundo”

El especialista en Filosofía de la Educación, Profesor de la Universidad de Barcelona, llegó a la Argentina –un país donde, según él, no se siente extranjero– hace pocas semanas con una agenda de visita en varias ciudades, entre ellas, Paraná, donde estuvo por última vez hace veinte años | Invitado por la FCEDU para coordinar un curso de posgrado, este miércoles 28 de agosto ante un Auditorio “Rodolfo Walsh” repleto, Larrosa abrió su estadía con la conferencia “Impedir que el mundo se deshaga. Sobre el oficio del profesor”, acompañado por la Decana Gabriela Bergomás y las Profesoras Liliana Petrucci y Silvina Baudino | Hoy presentará sus últimos dos libros, recién editados en Latinoamérica

En 1958, Hannah Arendt escribió un artículo que se tituló “La crisis de la educación”. Jorge Larrosa, que dice sentirse “un poco como un viejo rockero, que graba un CD pero que tiene la necesidad de ir a tocarlo en vivo para ver si la gente baila y qué baila”, conversa con Arendt en varios de sus libros. Pero ahora está en el Auditorio de la FCEDU, no como autor sino como una “voz viva” –al decir de Petrucci– que interpela al público sin esfuerzo y con un ritmo cadencioso. Ésta es una clase abierta, dice, y propone guiarse con nuestra complicidad mediante un ejercicio filosófico del como si, que incluye dos principios. El primero tiene un fraseo arendteano, anticipa; entonces, Larrosa se dispone a leer. A veces se detiene para comentar las frases. La cita de “La crisis de la educación” dice así:

“La educación es el punto en el cual decidimos si amamos al mundo lo suficiente como para asumir una responsabilidad por él, y de esa manera salvarlo de la ruina inevitable que sobrevendría si no apareciera lo nuevo, lo joven. Y la educación también es donde decidimos si amamos a nuestros niños lo suficiente como para no expulsarlos de nuestro mundo y dejarlos librados a sus propios recursos, ni robarles de las manos la posibilidad de llevar a cabo algo nuevo, algo que nosotros no previmos; si los amamos lo suficiente para prepararlos por adelantado para la tarea de renovar un mundo común”.

Entonces, vamos descubriendo que el primer principio es la relación entre la educación y la natalidad, la evidencia de que los seres humanos no se fabrican sino que nacen. Larrosa dice que la pregunta podría ser: “¿a qué se nace? ¿qué demonios es nacer?”. En castellano, nacer es un verbo activo –la conjugación en pasado es nací– pero en otras lenguas es pasivo –por ejemplo, en inglés decimos i was born–. “Es probable que no seamos nosotros que nacemos sino que somos nacidos al mundo, nos han dado a luz. La educación tiene que ver con iluminar alguna cosa”, agrega y allí aparece otra cita de Arendt: “Son los hombres, no el hombre, los que viven en la tierra y habitan el mundo”.

Se nace entre los hombres, entre las lenguas, entre las tradiciones. Y aparte de la distinción entre hombres y hombre –un genérico que hoy complejizaríamos bastante–, aparece la distinción entre vivir y habitar, así como entre tierra y mundo. “Entonces nacer –sigue– tiene que ver con la vida y con el mundo. Por lo tanto la educación tiene que ver con una cierta preparación para la vida pero también, para Hannah Arendt, con la tradición del mundo. El mundo es lo que está ahí cuando nacemos y continúa cuando morimos. Los seres humanos transmiten y heredan el mundo”.

¿Amamos al mundo lo suficiente como para asumir una responsabilidad por él? “La educación está para salvar al mundo, para impedir que el mundo se deshaga. Lo que está en juego en la educación es el mundo“, remarca Larrosa. Entonces hace la pregunta difícil: ¿qué es el mundo?

Por eso, esta crónica podría empezar por acá: ¿cuál es el mundo que debemos impedir que se deshaga?

 

La comunización del mundo

En la historia de la humanidad se han escuchado conversaciones ajenas tantas veces como partículas elementales forman el espacio. Sin embargo, gracias a los celulares, cada vez queda menos tiempo ocioso para escuchar la conversación de la mesa de al lado. Así se llama un texto de Santiago Alba Rico, un escritor, ensayista y filósofo madrileño que Jorge Larrosa dice estar leyendo mucho últimamente.

“Hace unos días, en Barcelona, mientras cenaba en un restaurante popular del Rabal, me quedé prendado de la conversación de cinco jóvenes desconocidos que comían en la mesa de al lado. Eran cinco jóvenes ‘emprendedores’, como los nombra el lenguaje de la crisis, que trabajaban en una empresa multinacional con distinto grado de responsabilidad. (…) Su aplomo y seguridad, y el placer de esa cena compartida, se fundaba en el privilegio de su situación: tenían trabajo y, a juzgar por la ropa y el menú, bien remunerado. De hecho, sólo hablaban del trabajo: chismes sobre jefes y compañeros, viajes de negocios, diminutos agravios y esperanzas de promoción. Lo primero que me llamó la atención fue, en efecto, la pequeñez casi solipsista del mundo en el que se movían sus vidas y su conversación. Lo que compartían entre ellos sólo lo compartían entre ellos. Por más asombroso que parezca, en 50 minutos no pronunciaron una sola frase lo suficientemente general –ni siquiera de fútbol– como para que cualquier otro, desde fuera, hubiera podido intervenir para asentir o disentir. No hay conversación más privada –privada en todo caso de sentido general– que la que habitualmente desarrollan los trabajadores de clase media del sector terciario capitalista: ninguna secta, ni siquiera la de un partidito de la izquierda argentina o madrileña, alcanza ese nivel de especialización acósmica, sin mundo, propia más bien de los protozoos y los coleópteros”, lee Larrosa, implacable y sarcástico, con la risa cómplice del auditorio.

El relato se pone cada vez más trágico: “(…) compartían también –digamos– una filosofía de la vida. El más veterano de todos ellos, un hombre que se jactaba trágicamente de tener casi cuarenta años, la expuso en pocas palabras ante el silencio reverencial de sus amigos: ‘Si no te crees lo que estás haciendo no lo haces bien. Como persona y padre de familia, necesito creer que la empresa para la que trabajo es la mejor del mundo. Aunque produzca veneno para ratas o armamento nuclear, necesito convencerme de que es la mejor de su sector. Si no consigo convencerme, no hago bien mi trabajo; no consigo vender ni veneno para ratas ni armamento nuclear. Tiene que haber algo detrás. Somos humanos’. (…) este pequeño ejecutivo de una compañía comercial –sigue Alba Rico en la voz de Larrosa– reivindicaba la forma abstracta de la moral humana, al margen del contenido, como una necesidad afectiva a la que ningún trabajador debía renunciar y sin la cual, sobre todo, ningún negocio o empresa podían triunfar”.

Ése ha sido “el secreto psicológico de todos los genocidios”, que también supo ver Hannah Arendt al analizar los crímenes del nazismo y la banalidad del mal. “El mundo siempre se destruye desde fuera de él y en nombre de una ética”, sostiene Santiago Alba Rico.

Si en una conversación privada, donde no hay nada en común, queda evidenciada la pequeñez del mundo, la inexistencia del mundo, “el mundo –dice Jorge Larrosa– es el lugar donde ejercitamos públicamente la palabra y el pensamiento”. Parafraseándolo, el mundo quizás no sea otra cosa que aquello sobre lo que conversamos. La cultura, a lo mejor, no es otra cosa que aquello sobre lo que conversamos: cuando algo desaparece de la conversación, desaparece de la memoria y desaparece del mundo. He aquí el primer principio que nos propone considerar el filósofo: “La educación se trata de la transmisión, de la renovación y de la comunización del mundo”. ¿Y qué ponemos en el mundo? La cuestión es pedagógica pero, fundamentalmente, política: “La tarea de la educación quizás sea que las conversaciones de la mesa de al lado sean cada vez más ricas de mundo”.

 

Un paréntesis: Se está quemando el Amazonas

Antes de seguir con el segundo principio, Larrosa se detiene en considerar aquello de la tierra, una idea que para Hannah Arendt carecía completamente de sentido, porque vivió antes de las preocupaciones ambientales. Mientras se quema el Amazonas, Jorge Larrosa trae la figura de Greta Thunberg, una adolescente sueca de 16 años que se ha convertido en una reconocida activista encargada de denunciar el ecocidio y la emergencia climática: “Nos levanta el dedo, porque los adultos somos chiquillos irresponsables”. 

¿Hay un mundo para legar, para transmitir? ¿Cuál será el mundo de los próximos recién nacidos? “En otras generaciones siempre quedaba la posibilidad de empezar de nuevo, de negar la herencia y comenzar de nuevo. A estos chicos les estamos negando esa posibilidad. Hay algo intergeneracional que está pasando, no son todos los jóvenes, hay muchos idiotizados, pero están también los que saben que heredarán un mundo destruido y que nosotros, los padres, hemos sido los monstruos”, sentencia.

 

La escuela separada

El segundo principio que nos propone Jorge Larrosa en el ejercicio filosófico de esta clase abierta, tiene ahora un fraseo de Jacques Rancière, otro autor con el que Larrosa conversa, por ejemplo, en su libro “Esperando no se sabe qué. Sobre el oficio de profesor” (Buenos Aires, Noveduc, 2019), que se presentará esta tarde en el Auditorio.

Otra vez desglosa una cita, en este caso, de un texto contemporáneo a “El maestro ignorante” que se titula “Escuela, producción e igualdad”: “La escuela no es un lugar definido por una finalidad social externa”, empieza. “La escuela es, ante todo, una forma de separación de los espacios, de los tiempos y de las ocupaciones. (…) “Escuela no significa aprendizaje, sino ocio. La scholè griega separa dos usos del tiempo: el uso de aquellos a quienes la obligación del servicio y de la producción quita, por definición, tiempo para hacer otra cosa; y el uso de aquellos que tienen tiempo, es decir, aquellos que están dispensados de las exigencias del trabajo y pueden dedicarse al puro placer de aprender”.

Según Larrosa, “como somos hijos de nuestra época, una época idiota, cualquier cosa que vemos nos preguntamos para qué sirve”. Entonces, parece ser que nuestra pregunta “natural” en estos tiempos es para qué sirve o para qué debería servir la escuela, cuál es o debería ser su función o finalidad. Y ahí aparecen múltiples respuestas: aparece el interés por las transformaciones sociales, económicas, culturales, políticas; el interés por la productividad; o por los efectos en el plano subjetivo e individual. Pero para Rancière, la finalidad de la escuela es la escuela misma.

Entonces, la escuela no se define por su función sino por su forma, y esa forma lo que hace es separar: instituye tipos especiales de espacios, tiempos y ocupaciones; y esas separaciones hacen que la escuela sea una escuela y no un shopping, una plaza o una empresa. Y algo más: Ranciére recuerda que la palabra escuela viene de scholè, que se traduce al latín por otium, es decir, ocio o tiempo libre.

“Para nosotros es obvio que a la escuela se va a aprender. Es más, actualmente se mide a la escuela por los resultados de aprendizaje. Qué raro eso, ¿verdad? Sigan ustedes por ahí tranquilamente, a la escuela se va para aprender a aprender. Sigan. Pero si seguimos por ahí los enemigos de la escuela tendrán razón siempre, si se aprende en cualquier lugar y cualquier hora. En una banda de narcotráfico se aprende muchísimo”, marca la cancha Larrosa. “La escuela sin paredes, sin horarios y sin profesores ya está aquí, eh”, vuelve a advertir.

Entonces, retoma a Rancière y su forma de romper el sentido común: para él, como para los griegos, hay un tiempo libre de la producción y un tiempo esclavo, que es el tiempo del trabajo. La escuela instituye un tiempo liberado. “Estarán de acuerdo ustedes conmigo en que hay tres inventos griegos muy interesantes y en estado deplorable en la actualidad, que son la escuela, la democracia y la filosofía, y los tres son hijos del tiempo libre. Lo que pasa es que en la sociedad griega los tiempos dependían de las personas –libres o esclavas–. En el caso de la escuela moderna, en Argentina la escuela de Sarmiento, tiene que ver con una cierta democratización del tiempo libre. La escuela lo que hace es arrancar a los niños que estaban en las minas o cuidando cabras, y les da tiempo. Por tanto, la escuela siempre es, desde sus inicios, una donación de tiempo“.

El tiempo de la escuela, como el aprendizaje de la escuela, no es un instrumento para otra cosa, no está en función de otra cosa, sino que se caracteriza, precisamente, porque tiene sentido en sí mismo. “La humanidad ha vivido milenios sin escuela y las culturas han transmitido a los niños los saberes que les preparan para la vida adulta. Y mi hipótesis es que la escuela está a punto de desaparecer y seguirán transmitiéndose a los niños esos saberes. Por lo tanto, la escuela no es eso“, remarca Larrosa, retomando a Rancière.

De este modo, Larrosa sostiene que “la escuela es un lugar separado de las necesidades del trabajo y del consumo, es decir, los que habitan la escuela no son productores ni consumidores. Es el lugar donde se aprende por aprender. En todo el discurso pedagógico contemporáneo el aprender es para. Si en una escuela se hace una huerta hay que argumentar para qué, cuando lo interesante es la huerta. Lo del aprender por aprender no es un lujo elitista, son cosas que valen la pena por sí mismas”. Y va todavía un poco más allá: “A mí me enseñaron a leer en la escuela franquista, para que leyera historia sagrada y me creyera lo del imperio de dios. Pero me enseñaron a leer. El enseñar a leer es un medio puro, por eso abre infinitas posibilidades”.  

Enunciados los dos principios, el filósofo propone repensar todo, provocar la pregunta: “Todos los que estamos aquí firmaríamos dos de las reivindicaciones más presentes en Argentina y España: defendamos la escuela pública y contra la precarización de los profesores. Pero a lo mejor no estaría mal darle tres o cuatro vueltas a qué quiere decir escuela y qué profesor. No sea que no sepamos muy bien lo que defendemos o estemos defendiendo cosas que el enemigo también defendería. ¿Qué es eso que nos parece que merece ser defendido? ¿De dónde vienen los ataques? ¿Qué significa esa extraña figura milenaria del profesor, que también está desapareciendo para convertirse en facilitador de aprendizajes y gestor emocional?”.

 

 Jorge Larrosa presentará sus libros en la FCEDU

 

Texto: Rocío Fernández Doval
Fotografía: Pablo Ríos

 

Fecha: 29/08/19
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