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Nosotros, no: un discurso para los estudiantes de Letras

Por Francisco Bitar | Publicado en el blog de Eterna Cadencia

“Llegar a ser, creerse tal o cual cosa, ambición que termina por ganarse los espíritus más pequeños, nos vuelve insulsos y ariscos”: el discurso que el autor de Teoría y práctica (Tusquets) pronunció ante la camada 2019 de ingresantes a la carrera de Letras de la Universidad del Litoral, donde egresó como Licenciado.

Voy a empezar con dos preguntas y, a colación de cada una, voy a ensayar dos respuestas, lo que en conjunto espero me sirva de justificación pero al mismo tiempo, y sobre todo, espero que resulte suficiente para entrar en calor y pasar con gracia al tema siguiente, que es, creo, lo que verdaderamente importa. Es decir, importará el tema, claro, pero más que nada importa pasar a lo que sigue: Andre Gide decía que una de las reglas clave del arte es no demorarse y nosotros podemos decir con él que escribir no es más que un inmenso o un constante escape hacia adelante.

La primera de esas preguntas es qué hace un escritor de vuelta en estas aulas cuando la facultad de letras está lejos de ser su hábitat natural. En todo caso la pregunta es cómo llegué yo hasta acá cuando, una vez que la facultad me quiso alojar, en épocas en que promediaba mi carrera y tenía un futuro más o menos promisorio como investigador, yo le di la espalda para dedicarme a escribir, y una vez que quise volver o quise pensar en volver, cuando me harté de adolescentes de escuela secundaria apenas más chicos que ustedes, todos tenían en esta facultad su propia puerta asignada como en el cuento de Kafka, y no quedaba para mí otra opción que meterme por el agujero del perro, una de esas puertitas vaivén que se abre en lo bajo de las entradas traseras. El caso es que, para mi sorpresa, esa puertita iba perfectamente bien para el tamaño de mis aspiraciones y, si hoy estoy acá, es porque hubo gente que se preocupó por mantenerla abierta o por impedir que la clausuren.

La segunda pregunta es para qué estoy hoy acá, cuando mi trayectoria, como la de cualquier otro escritor respecto de su título universitario, parece estar torcida o ser un poco extravagante (esto llama la atención otra vez sobre la audacia de los organizadores). Algunos de ustedes habrán ingresado a la carrera de Letras por su amor a la literatura, y sin duda hay en ese amor un lugar de encuentro. Otros albergarán el sueño de convertirse en escritores o escritoras, y en este punto otro escritor, supuestamente más experimentado, podría hablarles de su experiencia. Sin excluir las opciones anteriores, incluso en un esfuerzo por precisarlas, diría que estoy acá en honor del viejo lazo transferencial: se supone que yo pasé por donde ustedes todavía no pasaron y, en consecuencia, sé algo que ustedes no saben y que podría ser de utilidad. Pero la idea de transferencia que nos interesa no es la que supone la preeminencia de una parte sobre la otra, sino la que, en lugar de enlazar en una sola dirección, implica una especie de identificación mutua. Así entiendo yo la escritura, o así es como me sirve pensarla, a la manera de un movimiento que va hacia el otro en la misma medida que vuelve hacia el yo, y en el que, por lo tanto, el conferenciante tiene tantas posibilidades de aprender de su objeto como ustedes de mí. Aprender mediante la escritura. Pero esta zona de reflexión me resulta un poco resbaladiza, mejor pasemos a lo importante. O pasemos a lo siguiente, que es lo importante.

Para los que están acá presentes, al menos para los más sensibles o sensibleros de ustedes, la juventud será el momento en que todo se pondrá patas para arriba, si es que no empezó a suceder ya en el último tramo de la escuela secundaria. Verán que el mundo familiar del que provienen ya no sirve como referencia ni como excusa, y que el mundo que sigue a continuación, con su diseño serio, a medida del cálculo, es imposible de distinguir todavía porque apenas emite señales tras la densa cortina de bruma de los próximos años.

Entre una cosa y la otra, vivirán en peligro. Lamento decirles (o me alegro de hacerlo, para el caso de los más sensibleros) que muchos de los imperativos pensados para aguantar y dispuestos para tender un puente o abrir un túnel al interior de los años brumosos, se volverán con el tiempo trazados provisorios y algunos de esos imperativos incluso se vendrán abajo al menor contacto. Y, claro, padecerán en carne propia los sacudones de esta zona de turbulencias: se emborracharán, a veces hasta la inconsciencia, dormirán en casas de extraños o estarán frente a otras formas de riesgo de muerte.

Y bien: la facultad estará ahí, entre un mundo y el otro, y en esta facultad en particular se encontrarán ustedes con nombres que los ayudarán a pensar en ese pasaje. Uno de esos nombres es el del gran Vladimir Propp, quien sostenía que la novela no es más que una huella, el recuerdo de un antiguo ritual por el que el niño que llegaba a la pubertad era alejado de la casa paterna y de su aldea de origen para ser conducido hasta un bosque. Una vez allí, donde estaba obligado a permanecer unos cuantos días con sus noches, se lo sometía a un gran número de pruebas y, si el joven salía victorioso, cosa que no siempre ocurría, se transformaba en un hombre: podía portar armas, volver a su aldea y contraer matrimonio. Ustedes dirán: qué bueno no ser un joven campesino ruso de la Edad Media. Pero creo que su situación, la del joven ruso, no es muy distinta a la de un ingresante de la carrera de Letras de la promoción 2019. Incluso me animaría a decir que la situación en 2019 es más desesperante, porque mientras el campesino ruso sabía exactamente lo que tenía que hacer para convertirse en un adulto, el ingresante de Letras no sabe ni siquiera por dónde empezar. A falta entonces de los viejos ritos de pasaje, ¿podrá la facultad funcionar como aquel bosque oscuro del que saldrán siendo otros? ¿Ocupará la facultad un lugar en la novela de sus vidas?

Ahora sí: a falta de un ejemplo mejor, uno más feliz o más cercano, voy a hablarles de mi propia historia, que transcurrió en un bosque profuso en pruebas pero sobre todo cargado hasta el tope de días y días con sus largas noches.

Después de un primer año auspiciante, con buenas notas y una cantidad considerable de materias aprobadas, mi carrera se empantanó en segundo para detenerse en seco a la altura de tercer año. Por algún motivo que entonces escapaba a mi entendimiento, cada aspecto de mi vida, tanto adentro como afuera de la facultad, seguían ese mismo patrón: todo se hacía lento y trabajoso y no tardaba en estancarse por completo. Por supuesto, el problema estaba en mí, y tenía que ver con un imperativo, el padre de todos ellos, que es el imperativo del amor. A tal punto se había desplomado aquel orden, a tal punto las viejas coordenadas del amor resultaban de pronto inútiles para leer mis relaciones, que yo no podía cursar ni rendir materias porque no estaba capacitado para sostenerle la mirada a ningún otro ser humano.

Como consecuencia de todo esto, me convertí en el típico alumno residual, la clase de alumno que yo identificaba no con un invitado de primer orden sino con una especie colado en las clases. Cuando por fin me decidía a cursar una materia, estaba obligado a hacerlo con gente que había ingresado dos o tres años después que yo, algo que ahora me parece insignificante pero en aquel momento me resultaba el colmo de la humillación. Con vergüenza disfrazada de altanería, yo no tardaba en abandonar una y otra vez el cursado, lo que hacía del esfuerzo inicial, aquellos dos meses de clases que sí había asistido a la facultad, una enorme pérdida de tiempo, una nueva pérdida enorme de tiempo.

Entonces dejé de venir y, como toda decisión tomada en la oscuridad, también di el siguiente paso a tientas, con el miedo, ahora tan familiar para mí, de hacerlo en falso: yo rendiría en condición de libre todas las materias obligatorias que adeudaba. En consecuencia, no pisé por un año este templo del saber si no era para inscribirme al año académico o votar al centro de estudiantes, lo mínimo necesario para que mi nombre figurase en las listas. Porque si algo sabía, si una cosa yo tenía en claro en medio de todo el desorden, era que mi nombre no podía desaparecer de esa lista, el lado de la hoja donde, a mi parecer, figuraban los seres vivos.

Y bien, durante ese año, me impuse a mí mismo un régimen monacal: escribía, leía y estudiaba el día entero, todos los santos días. Es un plan demencial desde todo punto de vista, ni se les ocurra ponerlo en práctica: lo que sirve en la facultad, como todo el mundo sabe, es formar grupos de estudio, preparar los exámenes con amigos y amigas y no dejar nunca de cursar y rendir a un ritmo regular. Pero increíblemente, aquel plan demencial funcionaba para mí. De pronto me sentía de vuelta en el juego o sentía que podía aspirar a estarlo. Incluso, para mi propia sorpresa, empecé a salir con una chica hermosa y divertida, más inteligente que un delfín.

Por fin estaba listo para la vuelta. Había elegido una materia bastante sencilla, una lingüística, para dar el primer paso en firme al cabo de tanto tiempo, y puse todos mis esfuerzos en esa dirección. Había asistido religiosamente a las consultas, que fue el lugar donde en realidad se desarrolló el examen, y donde la profesora me había asegurado que, llegado el día, se trataría nada más que de una formalidad, que yo solamente tenía que traer el trabajo práctico y ella me pondría la nota. Y bien, el día del examen, luego de coincidir con el tribunal en el bar de la facultad y cruzar amablemente unas palabras, abrí mi mochila en el aula y adivinen qué: me había olvidado del trabajo en casa. El silencio que a continuación se apoderó del tribunal sumado a mi propio desconcierto, terminaron por tensar el hilo que hacía rato se venía estirando y que en seguida comprendí que no solamente comprometía mi carrera universitaria sino también mi vida entera. Y bien, el hilo no se cortó: con gesto cansado, la profesora me dijo que yo podía ir a buscar el práctico, cosa que hice en taxi. A la vuelta, con la cartera ya colgada del hombro, aquella profesora me puso un siete.

Esto marcó mi lento regreso a la facultad. Los mismos pasillos de siempre ahora me resultaban extraños, casi ajenos, no porque el lugar hubiera cambiado sino porque yo era otro. Yo era algo así como un sobreviviente, un sobreviviente de mí mismo. Había depuesto la altanería de un comienzo y ahora me relacionaba con todo el mundo con cierta distancia pero con amabilidad y, creo, con franqueza. Ahora cursaba seminarios con profesores que admiraba, en clases en las que departíamos durante horas y que yo seguía mascullando una vez en el colectivo y de vuelta en casa, donde volvía a leer libros obligatorios pero esta vez con voracidad y alegría.

De a poco me acercaba al final de la carrera. Para esta época yo ya había escrito algunos libros, y muchos de mis amigos eran escritores que vivían cerca o que yo me cruzaba acá y allá, en festivales o encuentros de distintos lugares del país. Algunos de ellos también estudiaban Letras, y, con su ayuda, fui capaz de procesar esa última época como estudiante universitario, algo que debía hacer con relativa urgencia porque aquella chica hermosa y divertida ahora estaba embarazada. No sé si leyeron a Luciano Lamberti, un enorme escritor cordobés. Si no lo hicieron, deberían salir corriendo a comprar un libro suyo. Lamberti es además una de las pocas personas en el mundo que me hace reír de verdad, es casi tan gracioso como yo. Una vez le pregunté si recibirse de Licenciado en Letras, algo que yo estaba a punto de hacer con una tesis sobre Inchauspe, había marcado para él, que acababa de hacerlo con una tesis sobre Viel Temperley, alguna diferencia. Creo que yo conocía la respuesta y fue por eso que hice la pregunta en primer lugar. Lamberti torció la boca y dijo: naa, es más o menos lo mismo. Poco después, yo egresaba de esta carrera en condición de Licenciado.

Y bien, como balance global, quiero decir que, si bien es cierto que yo estaba a punto de tener una hija y eso sin dudas ayudó a saldar algunas cuentas pendientes, fue recién cuando NO encontré diferencia entre recibirme y seguir siendo un estudiante que conseguí hacer el esfuerzo final hacia el título. Si aquella imagen inicial que yo tenía de la carrera hubiera subsistido, la de un enorme objetivo que más se perdía en el horizonte mientras más me obsesionaba yo con él, nunca lo hubiera alcanzado. Era importante, decisivo, diría, que una y otra cosa, ser estudiante y ser un egresado, significaran para mí más o menos lo mismo.

De todo esto, creo que se pueden colegir dos enseñanzas o, en todo caso, una enseñanza en dos partes. Con la forma de un mandato, que es como por lo general, aunque de una manera cada vez más sofisticada, suele dirigirse, el poder les dirá que es importante, importantísimo recibirse, que no pierdan el tiempo y lo hagan de una vez. Pero también los tentará con un sinfín de desvíos accesorios y sin significado, como las semillas para la ensalada o cualquier otra promesa para prolongar la vida o volverla más intensa. En esa contradicción, impedidos de hacer las dos cosas a la vez, se sentirán desgraciados. Se verán en falta, que es lo que el poder ama hacer con nosotros.

Yo digo: sustraigamos al poder eso que tanto quiere. Primero, concentrarse, hacer caso omiso de los desvíos, hasta que, en nuestro caso, la literatura nos acompañe adonde vayamos, hasta que se convierta en nuestro hábito, en nuestro lugar de ensoñación y en nuestro punto de referencia. Pero al mismo tiempo nunca llegar a ser, nunca convertirse en, por ejemplo, un investigador o un escritor, incluso cuando tengamos un título o hubiéramos escrito algunos libros. El estado entre no ser y ser, ese es el espacio donde, creo, debemos movernos, no sin zozobras pero siempre con decisión. Porque llegar a ser, creerse tal o cual cosa, ambición que termina por ganarse los espíritus más pequeños, nos vuelve insulsos y ariscos. Incluso nos inclina a engendrar el mal, que comienza allí donde unos se creen mejores que otros.

Como dice mi amigo Carlos Ríos, y tal como antes que él lo dijo Fogwill, nosotros no. Nosotros no lleguemos a nada, nosotros no nos detengamos en ninguna parte pero, mientras tanto, demos todo, con rigor, determinación y coraje.

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